"Todos moriremos. El objetivo de la vida no es vivir para siempre sino crear algo que sí lo haga."

MI PERSONAJE INOLVIDABLE I

vista panoramica del pueblo


Vi por primera vez a Teru Izuka cierto sofocante día de junio a la verdosa media luz de estrecho vallecico del Japón norteño. Estaba completamente desnuda, sentada bajo una cascada, y el agua fresca de la montaña le caía por el cuerpo. Un poco confusa, me detuve bruscamente. Ella me miró serena e inclinó la cabeza para saludarme. Luego se incorporó, arrancó un puñado de musgo que crecía al borde mismo de la corriente y vino hacia mi. Era una robusta campesina de unos 24 años, carrillos como manzanas y negros cabellos cuidadosamente anidados en un rodete.
Se detuvo un instante junto a mi perro de aguas y dijo en su lengua nativa:
- ¡Qué orejas tan grandes!

- Después retorció el musgo, me puso la esponjosa compresa en la nuca y añadió - Ya esta. Esto le refrescara la sangre, Oku-san. (que es la equivalencia cortes a Señora).

Ocurría esto allá en 1932. Tres meses de cada verano de los ocho años siguientes Teru Izuka fue vecina mía. Vivía en una vieja granja con techo de musgo. Su familia se componía de marido, dos hijos, tres hijitas, un tío casado, una tia viuda y una prima jovencita que se había quedado huérfana.
Gracias Teru, descubrí el mundo de los bosques y el mar en torno nuestro; me enteré también de la existencia de los pájaros chismosos, las feroces cicindelas, las zorras fantasmas, y la magia de las almejas; aprendí asimismo toda una farmacopea de hierbas marinas, musgos y hongos medicinales. Y por añadidura, llegue a conocer a la misma Teru, mujer de juicio, agrado y valor poco comunes.

Takayama, a un dia de tren al norte de Tokio, era una tranquila caleta azul que invadía colinas, fantásticamente verdes con vistaria, vides silvestres, pinos jade y cedros.
En las lomas había casitas de campo que se alquilaban en verano. La mia estaba en un risco que señoreaba el mar desde sus 60 metros de altura.

Los granjeros de la vecindad cultivaban suya, batatas y colosales rábanos blancos; todas las mañanas salían a recoger alfas en su flota de sampanes y todos los atardeceres vadeaban la marejada hundidos hasta la cintura y tirando de la red común de arrastre para repartirse luego la pesca del dia. Las mujeres trabajaban en los arrozales, se zambullían armadas de tridentes para pescar pulpos tiernos o se sentaban en la arena a chismorrear o dormir hasta que llegaban los sampanes. Entonces arrastraban las algas a la plata y las tendían a secar al sol hasta que, ya tostadas y negras, estaban listas para ser transformadas en cristales de todo o en alimentos. La vida de estas mujeres era laboriosa, pero cómoda y grata; y ninguna de ellas estaba más satisfecha de aquella existencia que Teru.

Era cosa de oír su sonora risa retozona cuando una ola la tumbaba y esparcía por el agua el cubo lleno de almejas acabadas de recoger, o el viento se llevaba su sombrero de paja y lo hacía girar por las zanjas de los arrozales. Canana con vigorosa voz mientras escogía hierbas en los senderos del bosque para una vecina postradas en cama, o llevaba  haces de leña a una viuda ciega, o plantaba bulbos de azucena silvestre junto a la fuente de la hornacina del Dios del Mar. Ni una sola vez la vi enojada en aquellos ocho veranos.

Poco después de nuestro primer encuentro, cuando me desayunaba una mañana vi su rostro moreno y limpio que me miraba desde la barandilla de mi balconada, entre la nube de flores que tenía entre brazos. Eran delfinas, cosmos, consolidas reales, guisantes de lor, flores de lujo en Tokio y mucho más en aquella rocosa tierra del norte. Dirigió a su carga una sonrisa y me dijo:

- Son visitantes celestiales que se han dignado crecer e nuestro campo de patatas. Trátelas con amor… se lo devolverán.

Mientras hablaba, sus callosos dedos regordetes iban quitando a los tallos el húmedo musgo con el cual los había protegido; y en vez de tirarlo, se agacho, lo metió en una canadilla para agua de lluvia y lo apelmazo para asegurar la conservación de aquella tierra preciosa.

Le compre dos ramos mientras me contaba con voz suave y cantarina que aquella era su primera cosecha. Había vendido los rastros de bambú hecho por ella misma en dos invierno para adquirir las simientes de aquellas flores. Luego apartó otros dos ramos y los dejó en los escalones.

- Los niños y las flores son iguales - dijo- Estas son para ellos.

Se los brindo con un ademán a mis hiijtos. Luego juntó los pies cuidadosamente, hizo una reverencia doblando la cintura y se fue.
Un día encontré a Teru cargada con pesado haz de leña que acababa de recoger en el bosque. Cuando le dije que estaba llenando un cesto de hongos, soltó el haz de leña en un periquete y tiro la mitad de mis hongos.

- Los de esta clase saben mejor en setiembre, después de las lluvias. - dijo-. Ahora venga conmigo y encontraremos los mejores de este mes.

Anduvimos de un lado a otro, cogiendo de la mugosa alfombra botones de un pardo rosado, mientras Teru me colmaba de sabiduría naturalista.

- Ve usted ahí esa seta presuntuosa que luce su terciopelo escarlata, como una “geisha”. No, no, bonita; no vas a engañarnos; te dejamos ahí para los bichos del arroz y el recaudador de contribuciones. ¡Mire! Hierba de sazonar. La mujer del panadero hace muy bien uso de ella en sus tortas de camarones. Voy a darle una sorpresa llevando unos cuantos puñados. Este es el árbol del dolor de cabeza; mire; estruje unas cuantas hojas en la mano y tóquese las sienes. ¿No la alivia? Ahuyenta a los malos espíritus, según dicen, pero aunque no sea así, le queda a uno el gusto de oler bien.

Cuando volvimos, quise darle la mitad de las setas pero rehusó aceptarlas.

- Usted es forastera - me dijo-. Coma las setas y díganos si saben tan bien como las de su tierra.
Desde entonces Teru dejaba setas en el umbral de mi puerta cada pocos días, antes que yo me despertase.
Un rio con neblina

Una vez le regale a su hijita unos trajes de baño de lana que les habían quedados pequeños a mis niños.

- ¡Nunca acabaré de darle gracias - me dijo Teru - por esa ropa interior tan caliente para el invierno!
- Pero, Teru, si son para bañarse.
- Al mar se va para refrescarse ¿no es así? - repuso riéndose -. ¿Para que ir con ropa de lana?

Tenía Teru aguda inteligencia natural que utilizaba para ayudar a sus vecinos de muchos kilómetros a la redonda. Ella fue la que convenció a la viuda de Kyodo para que invirtiera el importe del seguro de vida de su marido en una máquina de coser en vez de fastuosa lápida mortuoria; al poco tiempo, la viuda hacía excelentes velas para sampanes, que vendía en la localidad y a una flotilla pescadora de salmón al otro lado de la bahía.

La familia Ohno vivía en la miseria porque su arrozal era tierra sombría, muy baja, en parte cubierta por el agua. Teru no se limitó a compadecerse de los Ohnos y hablar de los espíritus malos, como hicieron los demás vecinos. Iba, por el contrario, a su arrozal de cuando en cuando y los estudiaba con profunda atención. Una vez que la encontré por allí, me hizo gravemente sus confidencias.

- Las cabras no pueden pastar aquí - me dijo -. Ni siquiera es tierra buena para conejeras o porquerizas. Pero tiene que haber algo que pueda criarse aquí; algo que guste del agua y de la sombra. Los Ohnos nunca comerán hasta que lo averigüemos.

Una semana después, a su retorno de una gran festival, Teru trajo a un cubo de huevos de carpa.
- ¡Aquí tienen la nueva cosecha! - dijo jubilosa a los Ohnos -. Críen estos peces en su charca y véndanlos a los pescadores de la ciudad.

En efecto la granja de carpas produjo bastante para que la menesterosa familia pudiese comer escudillas rebosantes de arroz todo el año.


Adiviné el genio diplomático de Teru el verano que Susuki, el carpintero, añadió un cuarto nuevo a la tienda de libros del memorialista tullido de la aldea. Cuando el cuartito estuvo terminado se vio claramente que la madera de una de las paredes era de inferior calidad.

El siguiente día vi, desde el otro lado de la calle, que Teru daba vueltas alrededor del nuevo cuarto, examinaba la pared defectuosa, probaba la madera con la uña del pulgar y la golpeaba con los nudillos. Suzuki recogía sus herramientas y miraba a hurtadillas a Teru. Pero esta no dijo nada.

Poco después, cuando todos los vecinos de la aldea asistían al Festival de las Hornacinas, Teru se presentó vestida con su mejor quimono y cargada con un bulto de algo envuelto en una colcha de seda. Cuando vio al carpintero, le dijo en alta voz:

- Susuki-san, ten la bondad de aceptar este regalo que traigo para ti. Es un nudo de la horqueta del arce ma viejo que tenemos. Quiero que sea tuyo porque se que solamente tus hábiles manos merecen hacer de este material una cosa de belleza eterna.

Contradictorios sentimientos se pintaron en la cara de Susuki cuando tomó de manos de Teru el preciado trozo de madera. Lo había elogiado en presencia de todo, pero al mismo tiempo había merecido su censura. ¡Un artista rebajandose a emplear madera defectuosa! Para reinvindicarse y merecer el tributo recibido públicamente reemplazo sin cobrar nada la madera discutible de la librería y, excediendose a sí mismo, agrego una entrada ornamental.

Teru amaba el mar. Amarraba su sampán debajo de los riscos, se quitaba el kimono y se zambullía en las cuevas para ensartar pulpos pequeños. Su familiaridad con el mar suscitó en su fértil ingenio una idea para aumentar la pesca de la red de agallas que la gente del pueblo amarraba en las tranquilas aguas cercanas al bajío. Esta red de mallas finas tiene mayor o menor éxito según sean más o menos los peces que resulten prendidos por las agallas en el exterior de la malla. La idea de Teru fue tenerla en forma de V, en vez de cerrar  los extremos y formar círculo. Con ambos lados de la red expuestos, quedaron prendidos mas peces. Los viejos pescadores menearon escepticamente la cabeza, pero al fin consintieron en hacer la prueba.

La pesca de la mañana siguiente fue muy poco mayor de lo normal. Teru estaba decepcionada. Pasó todo aquel día y el siguiente sumida en una quietud que no era natural.

A la alborada del tercer día, subió a bordo del sampán primero, con una rama de azalea en la mano.
Al aproximarse los sampanes a la red, Teru se deslizo súbitamente de la barca y nado hacia la boca de la V, mientras azotaba el agua con la rama hasta hacer espuma. ¡La estratagema dio resultado! La pesca fue un tercio mas grande que antes. Desde aquella mañana tres muchachos se encargan de la tarea de empujar peces a la red.

Teru me confió sus deseos de que tanto los hijos propios como los de sus vecinos tuvieran las piernas fuertes y fuesen tan altos como los jóvenes americanos. Quería saber si el truco estaba en comer las extrañas legumbres y hortalizas americanas. Le dije que siempre ayudarían y pedí simientes de maíz, tomate, pepino, zanahoria, remolacha, judía verde y apio.

Cuando vino la amenaza de guerra, marche del Japón. Con frecuencia pensé en Teru desde lejos. ¿Seguirá siendo generosa, cordial y alegre, o la habría cambiado la guerra?


Pasaron 10 años antes que bajase otra vez a la caleta y cruzase los arrozales camino de la playa. Pero antes de llegar oí una voz reidora que cantaba:

- ¡Oka-san! Ya está usted de vuelta. Yo sabía que no iba a olvidarnos. Tengo en el huerto verduras para usted. ¡También iremos a buscar setas por la mañana!

Teru estaba muy morena, algo delgada y con algunas arrugas más en la cara, pero todavía llena de animación y radiante de amorosa bondad.


Por Mona Gardner

Autora de “The Menacing Sun” y “Middle Heaven”
Nota: Todos los créditos son para el autor/autores original/originales del artículo, este blog tiene solamente por objetivo la de hacer conocer dicha obra, con la finalidad de motivar el amor por la vida e incentivar los buenos hábitos.